Reescirbe la leyenda El muerto del candelerazo
Respuestas a la pregunta
ciudad de San Francisco de Quito, se acostumbraba velar los muertos en las iglesias.Los deudos acompañaban al velorio hasta las once de la noche y los más valientes hasta las doce, a lo más. Porque, no hay que ignorar que en aquellos tiempos, los aparecidos y los fantasmas, parece que estaban a sus anchas en los rincones quiteños… molestando de diversas maneras a los prójimos que se trasnochaban. Principalmente, aquellos que vagaban por los alrededores en busca de aventuras gratas para el corazón o que gozaban yendo a casa ajena a tomar el sabroso chocolate con queso y pan de huevo, después de las más sazonadas tertulias. Pasada la medianoche, quedaban velando el cadáver los coristas o los sacristanes. Los que eran devotos, se entregaban al rezo de largas oraciones por el descanso del alma del fallecido y otros pasaban el tiempo relatando historietas espeluznantes o también haciéndose cualquiera broma. Siguiendo aquella costumbre, se velaba en el templo de San Agustín, el cadáver de un destacado militar que había muerto de una fuerte epidemia, después de salvar un sin número de peligros en muchos combates. Durante el día y al comienzo de la noche, los familiares y amigos del difunto, le acompañaron cumplidamente, rememorando sus virtudes y manifestándose mutuamente su pesar; pero al acercarse la media noche, el velorio quedó sin acompañamiento. Todos se habían ido, a excepción de dos sacristanes que continuaron en vela obligadamente.
Ambos jóvenes, que se llamaban Pedro Illescas y Toribio Fonseca, vivían en la vieja parroquia de San Blas, en una misma casa.
Quedaron pues, estos dos simpáticos sacristanes cuidando el cadáver del militar, que yacía en una lujosa caja forrada de terciopelo negro y rodeado de enormes cirios, que iban consumiéndose lentamente chisporroteando sus gruesas mechas cada vez que un leve viento penetraba por algún resquicio de los altos ventanales.
Al principio, Pedro y Toribio entretuvieron su tiempo relatando historietas de ladrones y de brujas que volaban montadas en una escoba, o también del desentierro de valiosos tesoros escondidos por acaudalados avaros.
Mas, los temas iban agotándose y la noche todavía tenía un gran trecho.
-Escúchame Toribio, – le dijo – tengo los párpados pesados como plomo y si no hacemos algo para no dormirnos, el muerto como es militar, capaz es de levantarse y ponernos en un emparedado como castigo de nuestro descuido.
– Es verdad, pues también yo siento buenos deseos de tenderme aquí mismo y descansar un buen rato; pero, ¿qué podemos hacer para echar a este mal-di-to sueño?, contesto Toribio.
– ¿Y cómo?
– Pues tengo en el bolsillo un real de plata, y si tú te prestas para ir donde doña Petrona, el asunto que aria arreglado.
– ¿Dónde la señora que vende cirios para nuestros altares?
– La misma. Comprendo que eres un muchacho de aventura, que nada te arredra, ni te detiene.
– Achica el elogio y vamos al gano. Dime, ¿qué debo donde doña Petrona?
– ¿Nada más que eso?
– Sólo eso, mi buen Toribio
– Dame, pues, el real, que yo sacaré ingenio de donde no hay, para que la señora abra la puerta.
Luego tomó en sus brazos el cadáver, le hizo sentar en una silla cerca del catafalco.
Poniéndose enseguida las ropas del extinto, ocupó su lugar en la caja mortuoria, y esperó.
Respuesta:
espero te sirva esa es la leyenda del muerto del candelerazo de mi libro